UNA ALEGORÍA DE LA BREVEDAD DE LA VIDA
Acabé de ver estas dos películas ayer por la noche, seguidas, y por contar Mario Monicelli con los mismo actores protagonistas (menos uno, que cambia) y seguir con la misma línea argumental del recuerdo, podrían ser no más que dos capítulos de la misma serie. La primera es más ruidosa y la segunda más reflexiva, para dejarnos conocer un poco más a fondo a sus personajes.
No conocía la obra de este director, y haber caído en su amplia trayectoria precisamente en estas dos películas (la primera me llevó a la segunda, claro), lo considero una señal de que hay que seguir investigando.
Cinco amigos de mediana edad se dedican a hacer de su vida algo menos miserable saliendo juntos a hacer “cingaradas”. Escapadas que se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo terminan, ni dónde, ni cómo. Reuniones en los que se puede hacer lo que sea con tal de pasarlo bien, y que se convierten en una serie interminable de bromas pesadas (o no tanto) que a mi me han dejado la sonrisa puesta durante las 2 horas que dura cada parte.
Los cinco hombres, tan diferentes entre sí, no dudan en ponerse de acuerdo para montar cualquier escándalo en lugares públicos o con sujetos particulares que se cruzan por su camino. Y pueden dedicar días y semanas enteras a ello. Efectivamente, es esa amistad basada en la diversión y la irreverencia reside el objetivo central de sus vidas, que por lo demás poco satisfacen a los protagonistas.
La muerte y el paso del tiempo tienen un especial papel en ambas cintas. Poco de héroes tienen estos hombres, que han de sufrir y morir como lo hace cualquier otro. Una película que demuestra que la vida es cruel, y precisamente por ello, hay que vivirla.
Por cierto que hay una tercera, pero la dirige Nanni Loy.



